La Trochita: un viaje entre vapor, historias y encuentros en la Patagonia

Viajamos desde Esquel hasta Nahuel Pan a bordo del Viejo Expreso Patagónico. El frío, la salamandra encendida, el humo entrando por las ventanas, un café en el coche bar y el encuentro con Felisa transformaron un recorrido ferroviario en una de esas experiencias que permanecen en la memoria.

Un viaje que comenzó con una invitación

Durante nuestra visita a Esquel, invitados por el Ministerio de Turismo de Chubut y la ciudad de Esquel, tuvimos la oportunidad de vivir una de las experiencias más emblemáticas de la Patagonia: viajar en La Trochita.

El recorrido que realizamos une Esquel con la comunidad de Nahuel Pan. Es un trayecto relativamente corto, pero desde el momento en que uno llega a la estación comprende que no se trata simplemente de trasladarse de un lugar a otro. Viajar en este tren es entrar en una historia que todavía continúa sobre los rieles.

Madera, vapor y una salamandra encendida

Nos ubicamos en un vagón de primera clase, con asientos acolchados y detalles de madera que conservan el espíritu de otra época. Afuera hacía mucho frío, pero en el interior nos esperaba el calor de una salamandra alimentada con leños.

Ese contraste también formó parte de la experiencia: la estepa patagónica del otro lado de la ventana y el calor del fuego acompañándonos dentro del vagón.

Cuando la locomotora comenzó a avanzar y escuchamos su sonido, sentimos que nos transportábamos hacia una escena del lejano oeste. El silbato, el movimiento sobre las vías y el humo que por momentos entraba a través de las ventanas creaban una atmósfera difícil de explicar. Era como viajar dentro de una película, pero sabiendo que todo aquello era real.

Las ventanas conservan sus marcos y trabas de madera. Abrirlas permite asomarse al paisaje, sentir el aire frío y observar la columna de humo que deja la locomotora mientras avanza.

El boleto y los pequeños rituales del tren

En medio del recorrido apareció el guarda, pasando de asiento en asiento para controlar y cortar los boletos. Puede parecer un detalle sencillo, pero es uno de esos pequeños rituales que ayudan a completar el viaje en el tiempo.

También nos animamos a pasar de un vagón a otro. Caminar entre los coches mientras el tren continúa su marcha, escuchar el ruido de los rieles y sentir el movimiento bajo los pies tiene algo de aventura.

Así llegamos hasta el coche bar. Allí disfrutamos de un café caliente mientras contemplábamos los paisajes de la Patagonia a través de las ventanillas. Sin apuros, acompañados por el sonido del tren y por una inmensidad que parecía extenderse mucho más allá de nuestra mirada.

La llegada a Nahuel Pan

Al llegar a Nahuel Pan descendimos para recorrer la comunidad. Este paraje rural mapuche-tehuelche, ubicado a unos 15 kilómetros de Esquel, lleva su nombre en homenaje al lonko o cacique Francisco Nahuelpan, quien se estableció con su comunidad en esta región hacia fines del siglo XIX.

Visitamos el mercado y el paseo de artesanos, donde se ofrecen tejidos, prendas de lana, alimentos y diferentes productos elaborados por integrantes de la comunidad.

También conocimos el Museo de Culturas Originarias Patagónicas. Su encargado nos recibió y nos contó la historia del lugar, ayudándonos a comprender que allí no se conserva solamente el pasado. En sus salas encontramos fotografías, textiles, instrumentos, piezas de alfarería y objetos relacionados con la cultura y la cosmovisión mapuche-tehuelche.

Quienes reciben a los visitantes son descendientes de estas comunidades. Por eso, recorrer el museo también significa escuchar su historia contada por sus propios protagonistas. Más información en Turismo Esquel.

Felisa y una inesperada conexión con Córdoba

Entre las personas que conocimos estaba Felisa, una señora de la comunidad que vendía empanadas y pan casero.

Mientras conversábamos, le contamos que vivíamos en Córdoba. Entonces apareció una coincidencia inesperada: Felisa nos dijo que durante el verano viaja a Jesús María para bailar en el festival.

En medio de la Patagonia, después de llegar en un tren centenario, una conversación sencilla volvió a conectarnos con Córdoba. Son esos encuentros los que terminan dando un sentido diferente a los viajes. Porque podemos recordar un paisaje o una fotografía, pero muchas veces lo que permanece para siempre es la historia de una persona que conocimos en el camino.

Mucho más que un paseo en tren

La Trochita llegó por primera vez a Esquel el 25 de mayo de 1945. Sus locomotoras, sus vagones y su trocha angosta de apenas 75 centímetros forman parte de un patrimonio ferroviario que continúa vivo.

Sin embargo, después de haber realizado el recorrido, entendimos que su verdadero valor no está solamente en su antigüedad. Está en el trabajo de quienes mantienen el tren funcionando, en el fuego de la salamandra, en el guarda cortando los boletos, en el humo que entra por las ventanas y en las comunidades que esperan junto a las vías.

Viajar en La Trochita fue acercarnos a la historia de la Patagonia, pero también encontrarnos con su gente. Y quizás esa sea la verdadera magia de este tren: uno sube pensando que va a realizar una excursión y regresa con la sensación de haber viajado mucho más lejos en el tiempo.

Información para organizar el viaje

Los siguientes datos corresponden al recorrido Esquel–Nahuel Pan y estaban vigentes en septiembre de 2026:

  • Salida: sábados a las 10:00 desde la Estación Esquel.
  • Regreso estimado: 13:00.
  • Residentes argentinos adultos: $86.000.
  • Jubilados y universitarios nacionales: $64.000.
  • Menores argentinos de 6 a 12 años: $61.000.
  • Menores de 5 años: sin cargo y sin derecho a asiento.
  • Residentes de Chubut adultos: $69.000.
  • Residentes de Esquel y Trevelin: $41.000.
  • Se recomienda presentarse una hora antes de la salida.

Los horarios, días y valores pueden modificarse. Antes de viajar, conviene revisar el cronograma y las tarifas actualizadas o consultar la página oficial de La Trochita.

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